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En los albores del siglo XX, allá por el año 1919, un 15 de junio, en la tranquilidad
del pueblo de Mira, nace la niña María Beatriz Etelvina para alegrar el hogar formado
por don Modesto León y doña Mercedes Muñoz, su niñez transcurre entre juegos y travesuras
y, a manera de un juego, cuando tenía aproximadamente 7 años, se le ocurrió apaciguar
las dolencias de su padre que se lamentaba de no poder dormir ni comer en forma
normal y le pedía que le "cure" ya que le dolía "la vida entera".
Tomó 3 ajíes, unas hierbas y un poco de trago, sobó con el ají a su papá y sopló
un poco de trago para luego escobillarlo con las hierbas, para suerte de la niña,
esta "curación" sanó a don Modesto y se iniciaba así su trayectoria
de curandera de mal aire y espantos.
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Luego de haber vivido algunos años en la ciudad de El Ángel, donde la tía Rosa Zuleta,
en donde también practicaba sus curaciones con los "de la casa", regresó a su natal
Mira y a los 23 años de edad contrajo nupcias con don Alfonso Tobar, de profesión
carpintero, luego administrador de la Hacienda San Nicolás y por último empleado
de la Granja perteneciente al Ministerio de Agricultura y Ganadería. De este hogar
nacieron Miguel Neptalí, Bertha Isolina, Héctor Manuel, Elsa Virginia, Mercedes,
Margarita, Ritha y Pedro Alfonso Tobar León.
Su vida transcurría entre la atención a su marido y las obligaciones propias
de la crianza de los hijos, paralelamente continuaba con sus curaciones pero a pocas
personas, entre ellas a la familia Ruales Jiménez, fueron ellos quienes descubrieron
ante los demás pobladores de Mira las bondades de las hábiles manos de doña Beatricita,
circunstancia ésta que le proporcionó fama y la concurrencia de muchos clientes
que buscaban alivio a sus dolencias.
Su popularidad creció tanto que incluso el Dr. Sánchez que realizaba su año de medicina
rural en Mira, conoció de esas habilidades e hizo amistad con doña Beatriz lo que
le permitió enviarle a sus pacientes como clientes para que les haga una curación
adicional con la cual alcanzaban su total recuperación.
Sus curaciones le ocupaban gran parte del día, pero gracias a su don de gentes,
a su humanidad, a su amor a lo que hacía acompañado de una conversación amena, nunca
dejó de atender a ningún cliente, quienes recompensaban su labor mediante productos
de la zona más que con dinero; estos víveres le permitían alimentar a su familia,
es decir que de alguna manera el curar le ayudaba a la manutención del hogar.
Entre su especialidad estaba la curación de espantos, mal aire, quedadas, cuerdas,
desgarres, torceduras, pasmo, etc.
Utiliza, porque aún lo hace a sus 87 años y con gran acierto, básicamente ajíes,
trago, cigarrillo, huevo de gallo y gallina, ramas de chilca, ruda, marco y mosquero,
además de manteca de cacao o cebo. Realiza una limpia o fregada con los diferentes
materiales, poniendo especial atención al miembro específico de la dolencia, soba
con el huevo, sopla el trago, esto especialmente para el espanto, por todo el cuerpo
pasa las hierbas, esto seguramente aleja del ser humano las malas energías y contribuye
a sanarlo.
Una comprobación de la efectividad del tratamiento que puede realizarse en una sola
vez o hasta en 3 días consecutivos, es que el huevo, luego de utilizado en la curación,
se vuelve líquido (comúnmente se dice se volvió chicha).
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Entrevista a la Sra María Beatriz León Muñoz. |
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