Un científico ecuatoriano llamado Francisco Javier Eugenio de Santacruz y Espejo
en 1780 proclamaba “al amparo de la cruz sed libres y conseguiréis la gloria
y la felicidad”. Lo hacía ante la situación de que en Iberoamérica
la aspiración de alcanzar la libertad comenzaba a gestarse.
Traigo ante la memoria de ustedes, el hecho histórico de fines del siglo XVIII,
porque el día de hoy 24 de mayo de 2007, se está cumpliendo el centésimo octogésimo
quinto aniversario de la Batalla de Pichincha, con el cual el departamento del sur,
hoy República del Ecuador, sellaba su independencia y alcanzaba la libertad.
Y sobre este concepto debemos reflexionar continuamente los ciudadanos, porque todo
lo que encierra y comprende el verdadero significado de libertad, implica un plebiscito
permanente, una consulta diaria para ir consolidando la libertad política, económica
y cultural.
La libertad analizada dentro de un enfoque sociológico es necesidad, interés y aspiración
de todos los grupos sociales; en aquella época se proclamaba la libertad política
y se esperaba, con gobiernos propios, ir construyendo el andamiaje de progreso y
seguridad para nuestros pueblos.
A partir del 24 de mayo de 1822, un pueblo ya libre, iniciaba la delegación del
poder individual en un gobierno para engrandecer al estado nación, que, a decir
de los libertadores, de los padres de la patria y de esos grandes generales, era
luminoso porque el potencial y las verdaderas capacidades de una América libre eran
incalculables.
La libertad es el núcleo, sustento y motor de los pueblos, por eso es que, cuando
las instituciones tienen como objetivos los que les asigna la nación, son invencibles
y su accionar es inmenso y constructivo, ya que cuando se acoge como norte este
sin igual concepto, trasciende en la historia y es recordado como ejemplo por las
generaciones venideras.
En sus albores conceptuales, la libertad fue la luz que multiplicó energías para
que los defensores de la libertad, junto a nuevos magistrados y respaldados por
sabios y sacerdotes vayan fortaleciendo las nuevas patrias, el destino de los pueblos
fue entonces indetenible para ser digno y soberano.
En este hito histórico y de inigualables repercusiones, las breñas del volcán Pichincha,
acogía desde muy temprano la carga de una juventud idealista, dirigida por los comandantes
más experimentados, convencida de su enorme responsabilidad, de no claudicar y de
entregar la vida si es preciso, para hacer de esta victoria la más grande y a la
vez la más imperecedera, porque ese era el destino que se merecían estos pueblos,
cuya historia milenaria también la imponía en el devenir del tiempo.
En esa selección de delegados y de representantes, en esa milicia gran colombiana,
se distinguió nítidamente el capitán Abdón Calderón Garaycoa, por su fidelidad
a los ideales del libertador Simón Bolívar y por su lealtad militar al gran mariscal
Antonio José de Sucre. Calderón murió gloriosamente en el Pichincha y vive y debe
vivir en todos los corazones de quienes crean en la libertad.
Loor y gloria a los héroes y paradigmas de la libertad, al libertador de cinco naciones
Simón Bolívar, al mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre, al capitán Abdón calderón
y a todos los próceres de la libertad iberoamericana.
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